Hoy, 25 de noviembre, se cumple un año del fallecimiento de «D10S». El paso de Maradona por este mundo es mucho más significativo de lo que él pudo comprender jamás en vida. Su pie llegó a cada rincón del planeta, que hace un año lo despidió como a ningún otro hombre.
Millones de vidas fueron atravesadas por su presencia. Resulta imposible imaginar cuántos Sorrentinos hay, como también es imposible describir cuál será la magnitud de su efigie en el futuro.
Ya muerto el ser humano, queda el emblema. ¿De qué? de lo que cada uno elija. Maradona puede ser bandera en una protesta o mural en una escuela. No tiene límites el alcance de su figura. El pueblo lo ha tomado como propio. O los pueblos. No solo el argentino o el napolitano. Excede los límites geográficos, sociales y culturales. Y está omnipresente, con perdón del facilismo de la comparación con dioses religiosos (menos que mitológicos o paganos).
Un año después de su fallecimiento, los que quedamos en la tierra somos aún sus contemporáneos y, como tales, buscamos devolverlo a la vida ante cada hecho del que él podría haber formado parte, como protagonista o como observador. Es un acto reflejo universal. Durante estos doce meses se reiteró en mesas de bar, reuniones de amigos, canchas de fútbol, redes sociales y foros varios la pregunta «¿qué habría dicho o hecho el Diego?» con todas sus variantes; o la exclamación «si estuviera el Diego…»
A continuación de cada enunciado, tantas respuestas como interlocutores haya. El fútbol se siguió jugando después del 25 de noviembre pasado y se seguirá jugando después de este. Hubo nuevos campeones, viejos ganadores, jugadores en alza y futbolista en declive. Todo pasó sin la mirada más buscada, sin la palabra esperada. O quizás sí estuvo, porque en ese imaginario colectivo, Maradona habló sobre todo, como siempre.
El acontecimiento más importante del año futbolístico en América y quizás el más destacado del mundo entero fue la coronación de Argentina en la Copa América. O, mejor dicho, el primer título de Lionel Messi con la camiseta de su Selección nacional. En pleno Maracaná y contra Brasil, la Albiceleste se coronó y rompió una sequía de 28 años. Un largo tormento del que fue víctima Diego como futbolista, ya que la Copa del Mundo de Estados Unidos 1994 fue el primer torneo de la lista de frustraciones.
En una realidad paralela más venturosa, sin pandemia, Maradona habría estado firme en las tribunas del estadio, tal como estuvo en la final de 2014. Habría saltado con el gol de Ángel Di María, el adolescente flaco y cuestionado al que le dio la titularidad en 2010. Habría recibido a los campeones con un abrazo cariñoso y genuino. Un abrazo de compañero. Le habría sonreído desde lejos al capitán, que con su mismo amor por la camiseta y su mismo coraje no se rindió y logró el objetivo.
“No puede dirigir ni el tráfico”, fue lo último que dijo Diego sobre Lionel Scaloni. Pero después de la coronación en Río de Janeiro quizás su discurso fuera «lo felicito, ya tiene su registro de conductor». Su opinión, como la de la mayoría de los argentinos, habría cambiado. Y menos por el frío resultado que por el hecho de haber consolidado una manera bien argentina de jugar. Nadie puede negar que la valentía demostrada aquel día en el Maracaná es maradoniana.
Pocas semanas después del título, Lionel Messi dejó Barcelona y pasó a Paris Saint-Germain en una de las transferencias más importantes de todos los tiempos. Por primera vez, el rosarino dejó el club de toda su vida. En 2020, cuando estuvo a punto de salir, Maradona aventuró: “Yo sé que Messi se va a ir mal del Barcelona. O, por lo menos, no se va a ir como lo merece. Yo me fui igual. A Barcelona, al Barcelona club, no le importa lo que vos le das, no te lo agradece. Le van a pagar como me pagaron a mí”. Tuvo razón. Messi se fue entre llantos y con el deseo de un final diferente.
Italia-Inglaterra jugaron una final de Euro en la que no fue difícil imaginarse a Maradona como espectador de lujo. Dos selecciones que lo sufrieron como pocas. Dos adversarios históricos. Quizás, la rivalidad con los ingleses haya sido más visceral y pública, mientras que con los italianos la enemistad creció de otra forma, como crecen los rencores íntimos. Está claro que jamás habría deseado un triunfo británico, pero tampoco habría celebrado la consagración de la Azzurra. Aunque sí el hecho de ver al pueblo napolitano feliz.
La vida en común entre Maradona y Pelé fue tan oscilante como grande fue el talento de ambos en la cancha. Comenzó con una gran fascinación del argentino por el brasileño y terminó con una enemistad eterna y a veces caricaturesca. Sin embargo, la despedida de Edson fue la de un amigo afligido por una congoja genuina. Después de la partida del único jugador que supo seguirle el paso, el tricampeón del mundo tuvo varios problemas de salud, de los que pudo salir sin la palabra de aliento de Diego, quien sin duda habría expresado sus deseos de recuperación a pesar de todo.
Hace pocos días, la policía de la ciudad de Buenos Aires mató a Lucas González en otro caso de gatillo fácil. Era un joven futbolista de 17 años, que venía de entrenarse en las divisiones inferiores de Barracas Central. El ambiente del fútbol pidió justicia con timidez, salvo algunas excepciones. Faltó Maradona y su embanderamiento total, sin medias tintas, sin medir consecuencias.
“Maradona es mi infancia. Él es el mundo antes de cualquier cosa”, afirmó alguna vez Paolo Sorrentino. El mundo antes de cualquier cosa. Maradona hombre murió, pero el Maradona símbolo recién nace. Irá mutando con los pueblos. Y será. Antes de cualquier cosa.
Fuente: ESPN